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Dinero o felicidad ¿Está usted viviendo la carrera del burro?

Levantarse a las 4 de la mañana, tener la agenda apretada, recibir cientos de mensajes de texto, comer acelerado, manejar rápido para llegar a casa, estar contra reloj, trabajar desde la finca y buscar energizantes para dar más productividad son el diario vivir de muchos de nosotros. Cuando se le indaga a las personas por la razón de este estilo de vida la mayoría disfraza su explicación en frases lógicas y convincentes como por ejemplo: “lograr estabilidad a futuro”, “una independencia económica”, “poder darse los gustos que uno desea” y “asegurar la vida de los hijos”.

Un estudio reciente mostró que la felicidad dependía del ingreso económico mensual, pero muchos otros estudios previos ya habían demostrado que no había una correlación directa entre el “bienestar psicológico” y la cantidad de dinero que recibimos.

Una pregunta que nos haríamos en este momento es y ¿Qué es eso del bienestar psicológico? Para responder esa duda podríamos decir que es la percepción subjetiva de que la vida que vivimos “vale la pena ser vivida” y que nos sentimos satisfechos con ella.

Vamos a utilizar una metáfora para entender mejor lo que es el bienestar psicológico. Si hacemos una lectura con lupa en mano observaríamos que una situación donde el amo le pone al burro una zanahoria frente a sus ojos y éste solo camina con el objetivo de comérsela, no es realmente una situación de mucho bienestar psicológico y más aún cuando luego de alcanzar la zanahoria se le pone una “manzana” y el burro empieza nuevamente su recorrido. Suele pasar que el sufrimiento se incrementa cuando el burro mira el establo del lado y ve que otros burros persiguen manzanas más grandes y más jugosas, o que tienen más likes pegados a su cola.

Si nos hicieran la pregunta: ¿Qué quieres poner en tu epitafio el día que mueras?, quizás responderías “aquí yace Carolina que gastó toda su vida trabajando y buscando felicidad” o “aquí yace Juan Carlos que murió de un infarto a los 40 años después de trabajar en 4 hospitales a la vez”. Muchas veces gastamos nuestra vida en cosas que creemos que son realmente importantes en la vida, como por ejemplo una zanahoria o una manzana, pero que no nos dejan disfrutar el cielo, el campo qué hay detrás del establo o el contacto con los otros burros.

Incluso hay burros que cuando alcanzan la zanahoria le toman una foto y la cuelgan al lado de su collar, y otros que viven toda la vida odiando ser burros y queriendo ser delfines o pavos reales.

Cada vez es más frecuente que hombres y mujeres de 50 y 60 años lleguen a nuestra consulta con grandes empresas, con emporios establecidos y con el futuro asegurado diciendo: “Doctor, lo tengo todo, pero me siento vacío” y del otro lado escucha uno a otras personas que teniendo lo básico o incluso menos de lo necesario son felices con la vida que llevan, se la disfrutan y dan gracias por cada día. Esos testimonios nos muestran que posiblemente esa correlación dinero y felicidad no es tan directa.

No sé si alguna vez has leído sobre el reino de Buthan. En este pequeño país las políticas del gobierno no van dirigidas a incrementar el producto interno bruto si no a aumentar el producto interno de felicidad en sus pobladores y en sus familias. Actualmente es considerado el país mas feliz del mundo y no es específicamente por sus multinacionales o por ser una potencia como China o Estados Unidos.

Hagamos el siguiente ejercicio, pensemos que el sufrimiento interno de las personas se origina por dos cosas: 1) por desear algo que uno quiere con mucha fuerza y 2) por quererse quitar de encima o eliminar las cosas molestas o incómodas de la vida. Pongamos el ejemplo de un carro, un automóvil ultimo modelo, de llantas grandes y un dispositivo súper novedoso para que te rasque la espalda mientras manejas. Sufres y trabajas mucho por el, haces horas extras y finalmente lo puedes comprar. Lo luces, lo muestras e incluso lo montas en Facebook. Con el carro nuevo una vez más compraste emociones positivas pero también compraste sufrimiento, tienes miedo a que te lo roben y lo aseguras, te da miedo rayarlo, no quieres que ensucien los cojines de tela importada y te es casi imposible salir de él por qué no quieres perder estatus ni comodidad. Lo peor es que rápidamente, quizás en menos de 1-2 años estás mirando el auto del vecino, que no solamente hace cosquillas en la espalda sino también en los pies. Nuevamente estás pensando en cambiarlo. Ahora, lleva esta misma situación a tu ropa, a el miedo de perder a tu pareja, al temor de que tu hijo sufra una enfermedad, a tu salud, a la ansiedad de perder a los amigos o a que tu negocio se quiebre. Es claro que en esa situación por más de que lleves corbata europea o el ultimo vestido de pasarela sigues siendo el mismo burro con la misma zanahoria.

Qué tal si un día decidieras levantarte y pensar que no tienes que perseguir zanahorias ni manzanas, que si llegan o te las consigues en el camino, pues te las disfrutas y te las saboreas, y si no llegan o si tienes que comer higos pues también te los disfrutas. Si un día te levantas y dejas de perseguir momentos placenteros y dejas el afán de eliminar momentos displacenteros de tu vida, como la fatiga, el malestar del transporte público, un dolor o el sentimiento de fracaso y focalizas tu atención en el aquí y en el ahora, te disfrutas la simpleza de un banano, la conversación con cualquier persona y el olor del café, si un día aceptas de forma activa “el viaje en carro” de la misma manera como el viaje en bus o un día gris de la misma manera que un día soleado, en ese momento donde las cosas no las veas como buenas o malas, si no simplemente como cosas que pasan y que no te definen, quizás ese día puedas lograr disminuir el sufrimiento de tu vida, tener bienestar psicológico y decir que realmente eres feliz. Algunos en este momento dirán: “¿Pero que locura estás diciendo? Si perseguir la manzana es lo que me hace sentir vivo y además ¿Por qué tengo que comer higos si puedo seguir comiendo manzanas?, es más, la gente exitosa persigue ideales y debe mejorar cada vez más, uno no debe vivir con resignación, eso es de perdedores”.

Uno se sienta y escucha esos argumentos. Realmente suenan lógicos y muy convincentes, por qué desde pequeños nos enseñaron a ser burros y a comer zanahorias y manzanas. Existen grandes diferencias entre la resignación o aceptación pasiva y la aceptación activa; en la resignación persigues una zanahoria con mucho esfuerzo y finalmente no la obtienes, con mucha rabia y desilusión te toca ir a comer higos y te los comes de mala gana queriendo tener una zanahoria. En la aceptación activa te levantas y te preparas para que el día sea valioso independientemente que consigas higos, manzanas, zanahorias o incluso peras, te disfrutas todo y lo aceptas tal cual sin sufrir por una comida o por otra. Esa es la gran diferencia entre burros felices y burros tristes. Aceptar un trabajo, un cuerpo, una casa, una pareja y un libro con cosas buenas y con cosas no tan buenas. Quizás al autor de “Padre Rico y Padre pobre” se le olvidó medir el bienestar psicológico de sus dos referentes y tomó el concepto de felicidad de una forma diferente.

Hay algo muy positivo en todo esto y es que uno puede elegir el tipo de burro que quiere ser, elegir ser feliz sí es una elección, que muchas veces no es fácil por qué las manzanas son deliciosas y porque los burros algunas veces son muy tercos.

Por lo tanto la respuesta a nuestra pregunta es que “Sí , si se puede tener dinero y ser feliz” de la misma manera como se puede bajito o zarco y ser feliz, el problema aparece cuando pones la altura, el color de los ojos o el dinero como la variable más importante. Claro que puedes ser feliz teniendo dinero, pero no en la forma cómo concibes el dinero ahora.

Quizás en este momento sufres más por las cuentas que pagas mes a mes, por el dinero que se va de tu bolsillo todos los días y por el temor perder tu estabilidad económica en el futuro que por las cosas que realmente dejaste en el camino cuando decidiste meterte en la “vida del burro”. Ojalá que tu epitafio no diga: “Aquí yace un burro que persiguió toda su vida una zanahoria”.

Cristian Vargas

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